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Mar nevado

17-02-2008 Loutsa, Grecia

Emir Manu Maradó


“Cuando Emir Kusturica me llamó para colaborar en la película que estaba haciendo sobre el Diego, quería hacer una grabación de Santa Maradona en plan acústico”.

“Dame un chance de conocer a Diego, de ver si puedo escribir algo nuevo sobre él.
Y escribí esa canción, que no es tanto sobre Diego sino sobre el destino, La vida tómbola."

Sin embargo, para que Kusturika “comprara” su idea tuvo que pasar cierto tiempo y asomar su nariz el azar o el destino, como prefieran llamarlo.

Cuando en noviembre de 2005 Bush fue a Mar del Plata para asistir a la Cumbre de las Américas, Manu aprovechó que estaba por el país para participar de la anti-cumbre que repudiaba la visita del presidente. Kusturica y Maradona partieron con el mismo rumbo, subidos a un tren que salió de Constitución. “La noche anterior cantamos en un bar de Mar Chiquita, nos pillamos una buena borrachera”, recuerda, “La mani era a las nueve de la mañana, así que medio borrachitos salimos para Mar del Plata. Y paramos en una gasolinera para lavarnos un poco la cara y estar decentes para la foto. Eran las siete de la mañana y cuando entrábamos nos encontramos a Kusturica, desesperado porque había desaparecido Diego. Y ahí aprovechamos, sacamos las guitarras del autobús y le cantamos La vida tómbola. Y se emocionó y dijo: “Bueno, vamos con esa”.

La escena de la estación de servicio fue registrada por una cámara casera y puede repasarse en La Tevelina, el apartado de videos de su página web. Sentados alrededor de una mesa, Kusturica y su equipo escuchan y miran con una expresión que se debate entre el cansancio y la franca desesperación. Hasta que de pronto parecen olvidar que acaban de perderle el rastro al protagonista de la película. Y se entusiasman con los guitarrazos y la voz pelada de Manu, que entona: “Si yo fuera Maradona/viviría como él / mil cohetes … mil amigos / y lo que venga de a mil por cien”. Al final, en medio de una estruendosa ovación un asistente exclama: ¡Fantastic, for the movie!” y se oyen aplausos.

La Mano, por Juan Andrade


Vacíos en Katarsis

No me alcanza

siempre queda

ese ensordecedor estribillo de luz
abriéndose como un tenedor hambriento
en plena madrugada

por
más
que
cierre
los
ojos

se martillan los vacíos
en notas interminables
y sin embargo.

By Katarsis



Joaquín Sabina, Y sin embargo te quiero


Margarita + Gilio

Margarita, en paz

Un telegrama de cinco palabras me enteró de la negativa de Margarita Xirgú a ser entrevistada: “Xirgú rechaza entrevista”. Nada más. Ni “se siente enferma, cansada” o “por ahora no, dice que tal vez más tarde, dentro de un tiempo” o “dice que se siente feliz porque todos recuerdan sus sesenta años de teatro”. Nada. Sólo “No quiere entrevistas”. Una frase definitiva, sin reverso y sin sustancia. El diálogo terminaba allí. Tal vez si hubiera dicho: “No quiere entrevistas porque no cree en reportajes”, ¿qué otra salida me hubiera quedado que de abrir mi corazón y responder: “Yo tampoco, Margarita, creo en reportajes?” Pero el telegrama no decía más que “No quiere entrevistas”; por eso, con insolencia, con esperanza, con un sentimiento de culpa (que la práctica no consigue arrancarme) y con el rostro de la simpatía, ese que suelen inventar los noteros, incluso para abordar a aquellos que están de antemano dispuestos a la entrega, golpeé suavemente la puerta de su casa en Punta Ballena. Y mientras esperaba iba reconociendo, de cerca, y viendo la espalda de esos árboles que, desde la carretera, había visto crecer a través de cinco años. Cedros dorados, álamos, acacias, que ahora, casi adultos, ocultaban la casa, de los autos que a esa altura del camino pasaban siempre a cien o ciento veinte. No obtuve respuesta y, de nuevo, suavemente, insistí. Dos, tres veces. Tras las grandes paredes de vidrio veía el living solitario, con las esteras del verano y la chimenea de los largos inviernos. Con la mesa, donde alguna vez, de madrugada, vi a Margarita y su marido, dentro de un cono de luz, jugando a las cartas, en una escena, como de cine mudo, que pensé podrían llamar “Paz en Nuestra Tierra del Exilio”.

Empecé, estoy segura, a perder “la cara de simpatía para reportear a alguien” a favor de la mía propia. Era tal vez la obra del sol del mediodía, del olor del los pinos y del gran silencio. Un silencio dichoso de verano. Tanteé el pestillo; la casa estaba abierta. Los que allí vivían no podían haber ido lejos. Volví a golpear y segura, por fin, de estar sola, comencé a recorrer con curiosidad minuciosa ese jardín del que sólo conocía la fachada. Los macizos de flores, los escalones de piedra, las enredaderas. Todo envolviendo la casa, enclaustrándola, protegiéndola de las arenas, que en ese lugar avanzan sin permiso, y de los ojos humanos, que en cualquier parte del mundo, buscan devorar a sus ídolos.

Subía y bajaba las pequeñas ondulaciones cubiertas de césped, tranquila de mi soledad, cuando de pronto la vi. Extendida sobre un largo perezoso de lona; cubierta hasta el pecho con una manta india, miraba hacia arriba. A diez metros de mí, balanceaba dulcemente la cabeza, creo que buscaba los pedazos de cielo que se colaban entre las ramas verde plateado de los álamos. Me detuve y esperé, muda, inmóvil, sin sonrisa, esperé. Al cabo de un largo minuto me vio.

-¿Quién es usted?-preguntó.

Con su voz; la misma que total, absoluta, indoblegadamente estaba ya ubicada entre todas las cosas que forman parte de mi vida. La misma que un día llegó y se extendió por el Plata, como el milagro de un Dios en el que, en esa época de El Campesino y Modesto, ya pocos creían.

-Soy… la recuerdo…

-Quítese usted las gafas.

Me saqué los lentes negros.

-Perdóneme, yo no la conozco o no la recuerdo…

-No me conoce. Soy de MARCHA. Yo sí, por supuesto la conozco y la recuerdo bien… Doña Rosita, Yerma, Bodas de Sangre…

Margarita sonríe.

-¿Qué me quieren? Se lo he dicho a su enviado; no tengo nada que decir. Mi futuro ya no importa a nadie. No tengo proyectos. El teatro es el pasado. Lo que podía dar lo di, incluso eso ya es tiempo de que se olvide.

-Sus alumnos… Todo nuestro teatro..

-Créame, no quiero hablar, sólo vivir en paz. Me excita. Remover los recuerdos me desvela. En definitiva, me hace daño. ¿Qué puedo ya decir de mí?

-Usted sabe bien que mucho.

-Diga usted lo que vio. Cómo me vio. Así, acostada, bajo los árboles.

-Feliz…

-En paz.

María Esther Gilio. Personas y Personajes. Ediciones de la flor. 1974

R-E-S-P-E-C-T

Julieta y el respeto


Iván ( y van..)

Otra vez me enganché con argentina, y me da gusto quedarme
PD: Pero en serio

Victor Hugo

Me parece más lindo el de Maradona, pero claro, si lo relata él... todo se ve perfecto


gracias

Que lindo gol Messi, que lindo...
( a ver si algún troglodita lo sube ya mismo a youtube !!)

Desnudo

Por Matías Pailos
( El mate tuerto )


PD: tan agrandado como sincero

Arte imposible

Escher : El Arte de lo imposible, hasta el 15 de abril

rebajas II


  • Si no me hubiera confundido la albahaca con hierba buena, este mojito no estaría en tu presente, captás?
  • La etiqueta dice que está vencida.
  • Pesimista.

imagenes perfectas V

Las pirámides, hoy a la noche