Mostrando las entradas con la etiqueta CarlosMariaDominguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta CarlosMariaDominguez. Mostrar todas las entradas

Diez - Onetti, Carlos María Dominguez


Carlos María Domínguez relata en Ésta es la noche, capítulo XII de La vida de Juan Carlos Onetti, que amigos y relaciones promovían en distintos países el envío de telegramas reclamando la libertad de Onetti, mientras el escritor, en el Cilindro, un estadio de básquetbol utilizado como lugar de detención, languidecía negándose a comer. «Jorge Luis Borges se cercioró de que no era comunista y firmó uno de aquellos pedidos».
[…]
»Una amiga consiguió una entrevista con el ministro del Interior, Linares Brum, para pedirle que lo trasladaran a un hospital. Tal como había combinado con [otro amigo personal, el escritor y abogado] Martínez Moreno, se encargó de explicitar el bochorno internacional que podría significar para el gobierno el hecho de que Onetti se les muriera en la cárcel. El jerarca respondió que la única alternativa de sacarlo del Cilindro era llevarlo al hospital militar, pero buscando una alternativa menos fatal ella insistió en la posibilidad de trasladarlo a un sanatorio privado.
[…]
»La internación en el Etchepare significó el inicio de un período de recuperación alentado por la visita de numerosos amigos.
[…]
»Pocos días después llegó Mercedes Rein [jurado del concurso de Marcha], cuyos parientes, enterados de los beneficios otorgados a Onetti, consiguieron realizar un trámite con similar éxito.
[…]
»Un día Mercedes vio a Onetti entrar en su cuarto arrastrando las chancletas, agachadito, tan flaco, con aquel mal aspecto y una cara terrible. "¿Qué pasa?, le digo. Realmente estaba asustada. De pronto se irguió, echó la cabeza hacia atrás, esgrimió una sonrisa mordiéndose el labio superior y comenzó a dar unos pasitos de baile. Me miró con esos ojos tremendos, saltones, y me dijo: "Aquí estamos todos muy mal de la cabeza".
Con el paso de los días Onetti se mostraba más animado y activo, propenso a la broma y la sonrisa, atendido alternativamente por Dolly y por una amiga que lo visitaba con frecuencia. Comenzó a pasear con Mercedes por el jardín y a mostrarse más expansivo. Por entonces estaba obsesionado con El Quijote y especialmente con el capítulo veinte y el episodio de los batanes. Por rara coincidencia, un día Mercedes entró a su habitación y hojeando la edición de El Quijote abrió el libro en aquel capítulo, lo que despertó la admiración de Onetti y la necesidad de conversar sobre el episodio en que el caballero de la Mancha y su escudero Sancho, andando sedientos en mitad de la noche, escuchan ruidos de agua y enseguida unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote. Los miedos de Sancho consiguieron detener a su compañero hasta la madrugada, con toda clase de artimañas. Don Quijote desvivía por lanzarse a una nueva aventura. Cuando llegaron al lugar descubrieron que los terrores de la noche provenían de unas máquinas hidráulicas de madera, utilizadas para golpear y enfurtir paños, llamadas batanes, lo que provocó la hilaridad de Sancho y el enojo de Don Quijote. Onetti hablaba con obsesión de aquel capítulo en el que Cervantes ironiza sobre los enormes fantasmas que levantan hasta las cosas más nimias, las diferentes actitudes frente al peligro y la propiedad o mezquindad de vivir apartado de sus caminos. El capítulo veinte es el capítulo que vivimos en Uruguay, le dijo a Mercedes. Años después ―recuerda [Mercedes] Rein― me mandó un libro que hacía referencia al capítulo veinte. Nunca me explicó qué encontraba allí. Cuando en la clínica yo le preguntaba se limitaba a contestar: "porque es así". A él no le gusta racionalizar. Él no habla de literatura. Si me hablaba de Sancho no lo hacía en términos literarios. Cuando le pregunté por qué le interesaba tanto El Quijote me dijo: porque me da lástima Sancho, pobre…»

Suelto Onetti, el agregado cultural de la embajada española en Montevideo le gestionó una invitación para participar en un simposio del Instituto de Cultura Hispánica sobre El barroco en la arquitectura y luego una beca que le permitió permanecer en Madrid mientras Félix Grande, director de los Cuadernos Hispanoamericanos, y Luis Rosales le buscaban el Premio Cervantes que recibiría en 1980.
Desde Madrid, el 25 de abril de 1979 escribió al director de Marcha.

Querido Quijano

Muchos quilómetros me separan de esa guarida de pornógrafos, pero lo cierto es que cuando me llegó el primer rumor, inexacto, de que MARCHA iba a reaparecer, un estremecimiento se me impuso de nuca a talones.

Me vi en alguna mañana de viernes del 39-40, cuadrado en posición de firmes, viéndote y escuchando tus críticas inevitables. Cada semana, página por página ―aunque hubiéramos hecho un número de TIMES con automatización y el resto― los reproches se reproducían mientras señalabas treinta y una páginas del recién nacido.

Nunca supe por qué te salteabas la del editorial con sus cifras. Recuerdo haberme tropezado un viernes fatal con Alfredo Mario Ferreiro que llevaba MARCHA horizontal sobre las palmas de las manos, como una bandeja. Y respondía a las inevitables preguntas:

―Es que tengo miedo que se me caigan los numeritos de Quijano.

Luego se aposentaron los decires y supe que yo no iba a tener culpa ninguna. Lo que se proyectaba publicar era los CUADERNOS, ámbito con el que nunca tuve nada que ver a causa de sus especializaciones y lo breve de mi radio cultural.

Esperemos, espero, que alguna vez CUADERNOS descienda lo bastante en su temática ―no demasiado― para que considere oportuno incluir alguna página mía.

Entretanto, mi admiración y asombro por el hecho inesperado de que luego de cuatro años Rocinante vuelva al camino jineteado por el mismo Quijano de las broncas y las anticipaciones.

Un abrazo

Periquito el Aguador

Por Gustavo López

Cuatro - Onetti, Gilio & Carlos María Dominguez

Cuando María Esther Gilio se enteró que su compañero de tareas Carlos María Domínguez había incluido la anécdota que le contara sobre su primer encuentro con Juan Carlos Onetti en el libro que habían escrito, casi lo mata. "¡Traidor!", le gritaba a un sonriente Domínguez. Esa sonrisa hizo que Gilio se calmara; sonriera también y dijera: "Bueno, de todos modos fue un romance muy blanco, de adolescente". A continuación se reproduce el fragmento de Construcción de la noche que trata sobre ese encuentro.

CONSTRUCCION DE LA NOCHE, autores: Carlos María Domínguez - María Esther Gilio. Editorial Planeta 1993

Mientras trabajaba en su despacho de Reuter cierta tarde recibió una inquietante llamada. Ella tenía voz de adolescente, furia de adolescente, y toda la impertinencia de que es capaz una muchacha que quería conocerlo y había sido plantada en un café, junto a otros dos amigos comunes, Maggie y Flores. Onettti no sabía si arrepentirse o felicitarse, ahora que la mujercilla chillaba en el teléfono y había tomado su rosario: cómo podía ser que citara a una persona y no fuera, que si se creía que los demás no tenían nada que hacer para pasarse una hora esperándolo en un café y quién demonios se creía que era. En la primera cita, Onetti descubrió sus dieciséis años disfrazados de Michele Morgan, piloto y boina al tono, la loca historia de su lectura de El pozo, desde la salida del liceo hasta la puerta de su casa, una treintena de cuadras en las que fue sorteando el tráfico, las veredas rotas, la embestida de la primavera. En la segunda cita, sobre las rocas del río, él le dijo: ‘Voy a besarla’ y ella contestó: ‘Me parece bien’; en la tercera, mientras paseaban de mañana por el parque Durandeau, le estudió la nuca, el vello de la nuca infantil y caprichosa. ‘El deseo, me viene el deseo, a pesar de que pasé la noche con una mujer...’ A él le atraía su desenfado, el coraje con que iba al encuentro clandestino con un hombre que la doblaba en edad, su manera insensata de esconder el temor y de provocarlo. A ella le fascinaba poder interesar a un hombre alto, misterioso, de mirada ensoñada y andar perezoso. Sus amigos le advertían de la crueldad de Onetti, que ‘la iba a hacer puré’ , ‘a chupar como a un caramelo para después tirarla’, pero ella aseguraba que sabría cuidarse y, como les ocurría a las aguas donde se miraba Narciso, también ella se miraba en sus ojos. En la cuarta cita la muchacha lo apartó de su vida, con el pretexto de que se había entregado sexualmente a su novio. Años después volvieron a cruzarse en Buenos Aires, ella embarazada y lejana. Bajos los efectos de esa impresión Onetti construiría en La vida breve ciertos rasgos del personaje de Raquel, en la ficción hermana de la mujer de Brausen, presencia de una seducción sepultada tras un biológico, repulsivo embarazo. Desde aquella remota cita hasta la actualidad ambos cultivaron una amistad que fue creciendo con el paso de los años en una gozosa complicidad, abierta por el juego de la adolescente loca y el hombre del traje gris que le hurgaba la nuca, reiniciado cada vez que ella va a entrevistarlo para algún medio de prensa. "Yo he perdido mucho tiempo en eso que llaman amores o amorcillos, y no lo sabía -señaló Onetti una vez-. He pasado muchos años con una fijación sexual por una jovencita sin escribir una sola línea. Me decía a mí mismo: un día me pongo a escribir, por supuesto: malgastaba el tiempo sinperderlo. (...) Yo he sentido una gran atracción por las adolescentes. ¿Qué es lo que quiero decir? Que Nabokov , que ha escrito Lolita, no sabía nada de ‘lolitismo’. Si usted practica el ‘lolitismo’, jamás le puede hacer el amor a Lolila. porque usted tendrá entonces una mujer.